Mi perdición

Un dolor punzante atraviesa mi cabeza, aún no puedo abrir los ojos. Me duele todo el cuerpo y la sensación de que toda la habitación está dando vueltas es cada vez mayor. El olor a alcohol en mi ropa y el horrible sabor a cenicero de mi boca me resultan terriblemente familiares. Por un momento pensé que todo lo que había ocurrido hasta ahora era una pesadilla: cagarla en mi trabajo, perderla a ella, joder mi vida… pero a medida que mis ojos se acostumbran a la claridad del día me doy cuenta, también, de que no ha sido un sueño.
Su imagen viene a mi memoria: apoyada ligeramente en el marco de la puerta de la habitación con los brazos cruzados; sus labios, firmemente cerrados, sin asomo alguno de una pequeña sonrisa de buenos días; mirándome como quién mira a la decepción de frente, largo y tendido; suspira lentamente y, contra todo pronóstico, con el mayor cuidado del mundo cierra de nuevo la puerta.
Cierro los ojos y deseo no volver a despertar jamás.

